lunes, 8 de diciembre de 2008

Nueve puntos

Si se analiza objetivamente el encuentro frente al Sevilla, abstrayéndonos de la situación que arrastra el conjunto blanco, marcada por una ostensible crisis institucional y deportiva, el aficionado podría encontrar consuelo en el hecho incuestionable de que el árbitro dejó de sancionar un penalty de Palop sobre Higuaín que hubiera supuesto la consagración de la remontada para expulsar incomprensiblemente a Robben, el mejor hombre del partido y la única buena noticia de la noche. No obstante, el fútbol no es solo fútbol, no lo es porque la reacción de los blancos durante la segunda parte fue un dechado baldío de entrega y coraje sin orden ni juego y porque anteriormente los sufridos seguidores que se concitaban en el Bernabéu habían contemplado abochornados una asamblea en la que se pusieron de manifiesto las turbulencias por las que atraviesa la nave blanca. Una nave comandada por un Calderón que probablemente esté viviendo sus últimos meses en la presidencia y cuya errática política de altas y bajas para esta temporada ha configurado un equipo más bien mediocre castigado además ferozmente por las lesiones e incapaz de hilvanar cuatro pases seguidos en el medio del campo.

Tras un arranque prometedor en el que Robben dispuso de la primera ocasión del encuentro, Navas le ganó la espalda a un desconcertante y desconcertado Marcelo para colgar la pelota sobre el área pequeña. Íker no acertó a despejar y el balón fue a parar a Adriano que lo introdujo en la portería entre las piernas de Ramos y Salgado. La mala actuación de Casillas debería considerarse anecdótica, el meta blanco continúa teniendo crédito, pues un mes malo no puede empañar una trayectoria impecable. Sin embargo, dada la actual situación del club, el hecho de que probablemente el hombre más determinante en los últimos tiempos no pase por su mejor momento resulta significativo. Dudar de Íker es dudar de la única certeza que ha poseído este equipo en los últimos tiempos, si desaparece ese aura milagrera, esa estampa de santo de la que ha disfrutado el mostoleño a lo largo de su carrera quedan pocas cosas a la que agarrarse para seguir confiando en este proyecto, equivale a poner en tela de juicio la santísima trinidad y pretender seguir profesando el catolicismo. De continuar así las cosas, esta crisis puede convertirse, al margen de todo lo demás, en una crisis de valores.

Y es que el otro valor irrenunciable al que se ha asido el madridismo, la épica, también naufragó ayer noche. Fue el central, no conviene olvidar este dato, Sergio Ramos, quien en un ataque de histeria cabalgó hasta las inmediaciones del área sevillista para provocar el golpe franco que originaría las tablas. Guti puso el balón en el área para que Raúl con un remate en plancha tras un desmarque marca de la casa convirtiera el gol. Poco duraría la igualdad, tan solo un minuto después Marcelo se llevaría por delante a Navas, en la única forma solvente que encontró de pararlo. Renato centraría para que Romaric, elevándose por encima de Robben, su inexplicable marcador, y de Cannavaro, tendido polémicamente en el suelo tras una pugna con Escudé, adelantara nuevamente a los suyos.

La ventaja en el marcador propició que el Sevilla se replegara atrás e hiciera valer su superioridad en el centro del campo para frustrar las tímidas acometidas blancas. Ni Van der Vaart, ni Guti, ni Gago fueron capaces de orquestar las acciones de ataque y cuando la primera parte se acercaba a su final con un incómodo pero asequible 1-2 en el marcador, Kanouté aprovecharía un nuevo error de la zaga merengue para, tras un rechace, aumentar la diferencia.

En la segunda mitad Schuster decidió dar entrada a Drenthe sustituyendo a un impreciso pero voluntarioso van der Vaart. Es decir, el Madrid decidió renunciar definitivamente al juego y encomendarse con una pasión camicace a la victoria por la vía del empujón, y no le fue del todo mal. Primero sería Higuaín quien tras hacerse con el balón en el centro del campo consiguió llegar hasta la frontal del área para batir con un disparo cruzado y potente a Palop. Gago, tras una asistencia de Guti, fruto de una falta, restablecería el empate. La defensa de los nervionenses se veía desbordada una y otra vez por Drenthe y Robben que penetraban con suma facilidad por ambos flancos, las líneas adelantadas del Madrid taponaban los ataques rivales y el asedio llegó a hacerse asfixiante. La hinchada, que durante el descanso arremetió contra la presidencia, descargaba su animosidad casi homicida contra el equipo visitante y todo parecía presagiar una nueva remontada, una nueva y manida exhibición de épica. En esas llegó el lance decisivo del encuentro. Palop agarró a Higuaín cuando éste se disponía a marcar con la puerta vacía tras una accidentada jugada llevada a cabo por Robben, el árbitro decidió seguir el juego y el aparatoso remate del Pipita desde el suelo se estrelló contra el travesaño. Entonces Robben protestó indignado ante González Vázquez, éste castigó al holandés con la segunda amonestación, lo que le hará perderse el partido frente al Barcelona.

Este envite, que hubiera supuesto la expulsión de Palop y el penalty que daría la ventaja a los locales y que se saldó con un desenlace tan inicuo como imprevisto marcó definitivamente el devenir del choque. El denodado esfuerzo de los de Schuster pasó factura y el cansancio se confundió con la falta de ilusión. Renato, otra vez por alto, otra vez por la banda de Marcelo, otra vez a pase de Navas, finiquitaría el duelo dando los tres puntos a su equipo.

Nueve punto de diferencia frente al excelso Barcelona que destroza a todos y cada uno de los rivales que encuentra a su paso con una voracidad que recuerda sus mejores épocas. Nueve puntos para afrontar el derby en el Nou Camp sin Robben, sin moral y sin valores. Sin un santo al que aferrarse y sin la certidumbre en el corazón. Nueve puntos con más de nueve lesionados y con un presidente en la picota.

domingo, 16 de noviembre de 2008

"Se veía venir" (la crisis)

Tras la imagen mostrada por el Real Madrid en los últimos partidos; empate a nada en Almería, las dos derrotas frente a la Juventus, el ataque de épica sin fútbol frente al Málaga, la eliminación de copa a manos del Irún y el desastre de ayer noche frente al Valladolid; muchos son los que han diagnosticado el estado de "crisis" al equipo merengue y los más apuntan a la destitución de Bernardo Schuster como la única terapia posible. Antes de entrar a discutir si esta es la solución más adecuada, quizá sería conveniente tratar de analizar objetivamente las posibles causas de la situación que atraviesa el conjunto blanco.

En primer lugar sería conveniente preguntarse si verdaderamente los de Concha Espina están inmersos en una crisis. Su eliminación en rondas tempranas de la copa es una constante en los últimos años, esta ni siquiera es la más espectacular, pues todo buen aficionado recuerda situaciones más bochornosas como la derrota frente al Toledo en el año 2000 o el 6-1 del Zaragoza en la temporada 2005-2006, desde la que, además, no superan los octavos de final. Es consabido que los jugadores de la primera plantilla no se sienten motivados para afrontar este tipo de compromisos, ni siquiera los suplentes quieren ver en estos choques una situación para reivindicarse y para los rivales suele ser el evento más destacado de toda la temporada. Es evidente que esto puede sentar mal al aficionado, pero se trata de una realidad incuestionable. Ante un calendario sobrecargado la Copa del Rey ha perdido en los últimos tiempos el aire de grandeza que la caracterizaba y se ha convertido en uno de esos títulos los cuales si ganas pareciera que has conseguido una hazaña, pero que si pierdes no pasa absolutamente nada. Por tanto, no se pueden sacar conclusiones deportivas de esta eliminatoria, pero sí anímicas. No es el qué sino el cómo se ha producido y en el momento en que se ha dado lo que ha actuado como detonante, son las sensaciones lo que se ha dañado, la ilusión.

En Champions, tras haber conseguido una agónica y furiosa victoria en Zénit, las cosas parecían marchar bien, desde la prensa se cacareaba que la Juventus era un equipo decadente y anciano, que vivía de su leyenda y que carecía de argumentos futbolísticos reales para superar a los madrileños. Nada más lejos de la realidad, en Turín consiguieron imponerse con solvencia 2-0, pese a que los de Schuster dispusieron de innumerables ocasiones en el segundo tiempo para acortar diferencias e incluso lograr el empate, la férrea defensa de los italianos configuró un muro insoslayable. Desde entonces, los bianconeros, en la competición doméstica, no han hecho más que sumar victorias y están a tan solo tres puntos del liderato que ostenta el Ínter de Mourinho, lo que demuestra que no se trataba de un equipo fácil en absoluto. En el Bernabéu se vivió la misma historia y dos goles del eterno del Piero provocaron que se llevasen los tres puntos. Los blancos volvieron a disfrutar de ocasiones claras de gol que no supieron materializar y la sensación global de ambos partidos puede calificarse de intesamente decepcionante. No es que el Madrid exhibiera una imagen pésima, es que los transalpinos pasaron por encima de ellos y eso alimentaba las sospechas de que este equipo no está diseñado para la victoria en su torneo fetiche, la Champions. Torneo en el que la Juventus es solo un escoyo menor, teniendo en cuenta que el horizonte que se dibuja para alzarse con el éxito está jalonado por escuadras como el Manchester o el Chelsea que transmiten auténtico pavor con solo mirar sus alineaciones titulares. El problema no era tanto las dos derrotas, sino la perspectiva de fracaso que se vislumbraba. No obstante, al Madrid le basta con ganar en Minsk a la cenicienta del grupo y no perder en su feudo frente a los rusos para clasificarse a la siguiente ronda.

Lo mismo ocurre en Liga, de haber ganado ayer, el equipo presidido por Ramón Calderón y dirigido deportivamente por Pedja Mijatovic, hubiera firmado su mejor arranque liguero desde la temporada 1991/1992 y, pese a todo, si el Barcelona salda triunfalmente su compromiso frente al Recreativo, únicamente serán cinco puntos los que les separen al término de esta jornada, la undécima de liga aún, no lo olvidemos. Lo que verdaderamente inquieta no son los resultados sino la comparación con el club de la ciudad condal. Mientras ellos exhiben un fútbol preciosista y armónico, exultante de goles y espectáculo, con bríos renovados tras la marcha de Ronaldinho y Deco, salpicado de grandes actuaciones individuales de estrellas consagradas como Messi, Eto´o, Xavi o Alves, los blancos, se arrastran por los campos españoles transmitiendo una extraña mezcolanza de rabiosa apatía, carencia de ideas y fragilidad defensiva que solo es maquillada por una pegada incomprensible personificada en un poco fiable todavía Higuaín pese a que lleva más goles que Hugo Sánchez en la temporada en la que marcó 38, el récord hasta ahora.

Es decir, lo que falla en el equipo no son los resultados sino las sensaciones. Hasta este momento todo lo que ha ocurrido puede enmendarse, es, en cierto modo, irrelevante. Tanto las victorias como los fracasos, ese es el auténtico drama. Esta temporada ha comenzado viciada, las expectativas no se han correspondido en ningún momento con la realidad. De la llegada de Cristiano a la salida de Robinho media un abismo, y es en ese abismo en el que se cuelan todas las esperanzas, por eso, ante la menor dificultad, todo el mundo comenta: "Se veía venir".

Si la autoproclamada "mejor defensa del mundo" hace aguas se dice: "se venía venir", si el considerado por muchos como uno de los mejores mediocampos europeos no carbura, "se veía venir", si Van Nistelrooy se lesiona nada menos que para cuatro meses recayendo de una lesión que se produjo hace casi una década, "se veía venir", si el Barcelona de Guardiola, un entrenador debutante en el que casi nadie confiaba, realiza un fútbol majestuoso y exuberante, "se veía venir". Hasta perder contra un equipo de segunda B se veía venir.

Desde los despachos se debe transmitir la máxima confianza al aficionado y al futbolista, esa confianza que sirve para disfrutar de los triunfos y para llorar con ímpetu los fracasos en lugar con una triste e indolente comprensión. El diseño de la plantilla carece de fundamentos, no solo la marcha de Robinho y la peripecia absurda y denigrante de Cristiano que prologó otras similares en los casos de Cazorla, Capel y, sobre todo, Villa. También las renovaciones de por vida de jugadores como Raúl, Guti y Casillas, la renuncia a contratar a un lateral izquierdo y las dificultades que se están encontrando en las negociaciones contractuales con Ramos están minando al equipo y al aficionado. Ayer vimos a once hombres sin entusiasmo, no solo carecían de rigor táctico, el esquema es el mismo que el año pasado sirvió para conseguir el récord de puntos, carecen de lo que realmente diferencia a los ganadores de los perdedores, la ambición. Es como si todos y cada uno de los jugadores estuvieran gobernados por el desánimo, por la fatalidad. Desde la directiva se ha transmitido al vestuario este sentimiento, un sentimiento de caos y desorden institucional y deportivo que incluso ha llegado a redundar en el descrédito de algunos de los hombres más importantes de la plantilla. La auténtica razón de la marcha de Robinho no fue que se encontrase mal deportivamente sino que desde ningún ámbito supo valorarse su crucial y transcendente aportación al equipo en las dos ligas consecutivas y su ejemplo puede calar -quizá haya calado ya- en otros, transformando el vestuario en un polvorín.

¿Tiene Schuster la culpa? Apostaría a que con Cristiano y Villa nadie hubiera visto venir, es más, ni siquiera hubieran pasado, estos últimos 20 días fatídicos.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Truco o trato

La única conclusión positiva que puede sacar el aficionado madridista de este encuentro es que su equipo es capaz de puntuar en un partido en el que no ha existido en la primera parte y en el que estuvo muerto durante la segunda. No es poca cosa, bastaron la presencia fantasmal de Higuaín y la aparición desde la ultratumba de Raúl para ir mandando durante buena parte de la contienda y que, de no haber sido por la entrada de Crusat, para llevarse este choque con aire de sepelio.

Schuster pareció olvidarse de que el día de difuntos fue ayer y decidió alinear a Gago y a Diarrá juntos en el medio del campo. El argentino se asemejó más a un zombie que al excelente jugador que deslumbró frente a Atlético y Athletic, sus pases eran imprecisos y lentos, como el andar de estos peculiares resucitados, pero, a diferencia de éstos, no parecía sediento de sangre, pues le faltó hasta su garra habitual. En el caso de Diarrá vale decir lo mismo, pese a que estuvo algo más acertado en la faceta defensiva, cada balón que pasaba por sus piernas iba a parar de inmediato a las de cualquier rival que anduviera cerca de allí, sobre todo a Juanito, su tumba mientras se mantuvo en el terreno de juego. Generalmente suele perder tantos balones como recupera, lo cual ya que pensar, pero en el caso de hoy suma exactamente el doble de regalos que de zarpazos. Da aún más que pensar.

Tras treinta y siete minutos de lucha tan aguerrida como insubstancial en la medular llegó el gol del siete blanco. En el único balón que pudo salvar Sneijder, encimado por dos rivales permanentemente y sin noticias de sus compañeros, consiguió conectar con Raúl que trató de abrir a banda para el espíritu de Heinze. Lo hizo tan mal que Higuaín ganó en carrera a Chico y se hizo con el balón, tras un recorte consiguió ponerla de rosca, hacia adentro, rápida y certera. Raúl se lanzó en plancha y adelantó a los blancos tan merecida como inmerecidamente porque el Almería ofreció poco más que faltas y alguna delicatessen de Piatti durante los cuarenta y cinco minutos iniciales. Poco más se puede decir de un periodo en el que no hubo ni córners.




Tras la reanudación, Gonzalo Arconada decidió dar entrada a Crusat, lo cual supuso una auténtica revolución y un suplicio para Segio Ramos que ni siquiera se dignó a marcarlo, dado que prefirió estar en tierra de nadie, restando tanto en ataque como en defensa. Pronto avisaría el mediocampista catalán con una excelente combinación con Pialat que éste no acertó a rematar por un excesivo afán de lucimiento al querer hacerlo con el tacón y que, no obstante, sería el preludio del tanto del empate de los locales.

Antes de esta ocasión marrada, Pepe tuvo que ser sustituido por Metzelder, el cual volvió a deleitarnos con un recital de su ineptitud. Cuando apenas llevaba diez minutos sobre el campo demostró al mundo entero que se ha perdido un gran jugador de básket para perjuicio del fútbol. Un balón aparentemente fácil de controlar se envenenó entre su enorme cuerpo y fue a parar a sus manos en lo que fue un claro e involuntario penalty que el árbitro no señaló. Acto seguido un despeje de cabeza fue directamente a parar a las botas de Crusat que disparó alto y, por si fuera poco, pese a su gigantesca estampa, permitió que Soriano rematara con la testa un centro de Julio Álvarez solo ante Casillas.

El Almería atacaba y el Madrid no impresionaba a la contra, la ausencia de circulación en el centro del campo no fue subsanada por Guti, tan sombrío como el resto y con menos empuje que Sneijder, el relegado. Van der Vaart tampoco pudo aportar nada al juego del conjunto blanco, pues no le llegó ni un solo balón en el tramo final del encuentro digno de ser utilizado con el criterio y talento que presume. El desenlace se antojaba inevitable, los rojiblancos habían de empatar y lo harían merecidamente. Pialat no falló en esta ocasión y fusiló el arco de Casillas tras un centro de Crusat desde el lugar en el que debía estar presente el de Camas que quizá estaba pensando en su renovación multimillonaria y en lo que le va a decir al periódico la semana próxima...



Un partido infumable, bronco, áspero, mortecino incluso. Un tenebroso desfile de espectros blancos cuya crónica debería intitularse como si fuera una esquela. Una noche que no pasará a la historia y que más bien parecía la de Halloween y que finalmente se saldó un trato, pese a que apunto estuvo de llevarse arteramente los tres puntos el conjunto de Chamartín con un truco del Pipa.

lunes, 27 de octubre de 2008

Hablemos de fútbol

A juzgar por las portadas de los diarios deportivos uno no sabe si la octava jornada de liga se ha disputado sobre el césped o en el plenario de sesiones del congreso de los diputados. Los protagonistas son los jugadores que no han participado en sus encuentros, las palabras de los directivos y las actuaciones de los árbitros, con los oscuros tejemanejes de la Federación como telón de fondo.

Nadie parece haberse enterado de que el Madrid ha ganado y de que lo más relevante de ese partido fue la resurrección de Sneijder, el poderío exhibido por Gago en el centro del campo y una nueva prueba de que los indicios que apuntan a que Higuaín puede convertirse en una solución de futuro para la delantera merengue son cada vez más fehacientes. Tampoco parece interesar a los cronistas, redactores y editorialistas varios que el Atlético, fiel a su estigma romántico y maldito, empató a 4 en un vibrante partido que sirve para avisar al Villarreal de que conjugar Champions y Liga es una asignatura más que ardua, o que un gran Eto´o, escoltado por un soberbio Iniesta y un estelar Messi, consiguió marcar tres los cinco goles de su equipo y colocarse a un suspiro del pichichi, ostentado por Villa, el cual mantiene al Valencia en la cabeza de la clasificación firmando el mejor inicio de su historia con los mismos jugadores que Koeman no supo utilizar y que Emery ha redimido y revivido.

Dejemos los contubernios, los acendrados análisis psicológicos y la hermenéutica para quiénes no saben disfrutar de este hermoso deporte y hablemos de fútbol, de lo que pasa dentro del terreno de juego, el único espacio en el que tiene sentido.

martes, 21 de octubre de 2008

De vieja señora a mujer fatal

No sé si alguien había considerado seriamente la posibilidad de que la Juventus de Turín, esto es, 27 scudettos, 2 champions, cientos de millones de aficionados en todo el mundo, Nedved, del Piero y Amauri - y un tal Sissoko -, era un rival fácil para el Real Madrid. Cierto es que llegaba lastrado por bajas muy sensibles como las de Buffon y Trezeget, cierto es que había arrancado mal en la serie A, cierto que no atraviesa el mejor momento de su historia, pero es cierto, también, que no se trata de eso sino de la Historia. La Historia dice que los blancos llevan casi medio siglo sin ganar en esa ciudad y que estamos hablando del mejor club del país en el que peor y más efectivo fútbol se practica del planeta fútbol. No trato con esto de exculpar la actuación merengue, del todo lamentable, comenzando por la prepotencia reflejada en los primeros minutos de desconcentración, intolerable frente a cualquier equipo, más frente a éste, y terminando por el horrible y, también, arrogante, planteamiento de Schuster. Lo que quiero decir es que la Historia dice que si un equipo marca en los primeros minutos de la primera parte y en los primeros minutos de la segunda, tiene un 90% de posibilidades de ganar y que en asegurar probabilidades ellos son los más consolidados expertos. Contra conjuntos como éste no caben heroísmo ni épicas que valgan, no se puede dar un paso en falso ni reservar jugadores. A igualdad de leyendas, quien sale a ganar con más fe es quien finalmente se alza con la victoria.

El Madrid salió al Comunale y descubrió pronto que ese lugar no era la tierra prometida, no era Delle Alpi, pero tampoco un estadio cualquiera. No era uno de esos sitios en los que puedes recrearte mirando el paisaje, más bien se asemejaba a un campo minado. Nada más comenzar el encuentro, minuto cinco, Amauri coló entre las infinitas piernas de Pepe un balón que se quedó muerto en la frontal del área. Del Piero no es de los delanteros que avisan, sin necesidad siquiera de controlar, tal y como le venía, la puso en la escuadra derecha. Íker estaba levemente adelantado y cualquier esfuerzo por estirarse hubiera resultado estéril.

Los transalpinos tenían el partido donde querían, con un gol de ventaja podían replegarse cómodamente atrás y contemplar como los atacantes y el único mediocampista, Gago, se enredaban en la madeja tejida por Rainieri y zurcida por Sissoko que estuvo inmenso, omnipresente. Todos los balones que en la primera parte del encuentro pasaban por su círculo de influencia, esto es, apróximadamente, un área de veinte metros en el centro del campo, eran absorbidos por él como si el esférico, inexorablemente, gravitara en torno a su figura. Su despliegue físico y táctico fue encomiable. Gago, siempre, van der Vaart y Sneijder, cuando se aburrían y bajaban, se estrellaban constantemente contra él y, si no lo hacían, las ayudas de Nedved, Ergotalli y Marchioni tornaban infructuosas sus ideas. Si algún balón, casualmente, llegaba hasta los pies de Van Nistelrooy, incomprensiblemente escorado a la izquierda, o de Higuaín, Chiellini constituía el segundo agujero negro que engullía todo el fútbol que circulaba por sus dominios. Solo van der Vaart, con tres disparos lejanos y Ramos, en un control fallido, consiguieron inquietar, al menos la imaginación, de Manninger, prácticamente inédito en todo el primer acto.


En el segundo periodo se anunciaban nuevos bríos, se anunciaban porque Robben calentaba en la banda mientras Nedved se marchaba de Sergio Ramos, cuya actuación en el último mes de competición es digna de un análisis pormenorizado y no precisamente positivo, para centrar. Amauri, con la crucial colaboración del otro lateral, Heinze, especialmente desacertado tanto en ataque como en defensa, alojaba el balón en la portería ante la incrédula mirada de Casillas. Antes de eso, en el origen de la jugada, un suicida pase de Pepe a van der Vaart fue intervenido por el checo.

Tras el gol, Schuster decidió realizar por fin el cambio, un difuso Higuaín fue sustituido por Robben. Mientras el extremo holandés ocupo su posición natural, la banda izquierda, el combinado de Chamartín realizó su mejor fútbol. Un remate desde fuera del área de Sneijder se marchaba al poste haciendo brillar la luz de la esperanza. Poco después, Heinze, completamente solo en el carril izquierdo, es de suponer que la defensa juventina no consideró oportuno cubrirlo, en el enésimo balón que colgaba, consiguió conectar con Van Nistelrooy para acortar la diferencia. Huelga decir que fue el único centro digno de ese nombre que realizó el veterano jugador argentino.

Después vinieron las prisas, los ataques tumultuosos, en manadas desordenadas y caóticas, comandadas, ora por Sergio Ramos, ora por Pepe, en la más absoluta laguna de criterio. También hubo contraataques en los que los bianconeros pudieron sentenciar, pero ninguna ocasión clara para uno u otro bando. No es Turín el escenario predilecto para las grandes remontadas, ni la Juventus el equipo soñado. No obstante, quiero entender que fue la soberbia lo que cegó a los blancos y no su incapacidad para afrontar partidos de esta calaña, los únicos decisivos en esta competición.